Permanecí tanto tiempo callada y ensimismada que para cuando me di cuenta, era ya noche cerrada. Al fin lo miré, a tiempo de ver como tamborileaba con los dedos sobre el volante al ritmo de una canción que sólo él sabía. Cuando se dio cuenta de que le miraba me miró de reojo.
-Espero no haberte molestado.
Negué con la cabeza, pero no pronuncié palabra. No me había molestado. Bueno, no tanto como para que tuviese que tomárselo en serio. Suspiré y miré por la ventanilla.
-Me gustaría bajarme y tomar un rato el aire.-susurré, pensé que no me habría oído, pero segundos después aparcó en el arcén y me miró, asintiendo.-Gracias.-murmuré mientras bajaba a toda prisa del coche. Anduve entre la hierba alta, hasta que me consideré lo suficiente alejada del coche y lo suficientemente cerca de la orilla del río. Allí me senté y me abracé las rodillas. Intentando poner un poco de orden en mi cabeza. No sé cuanto llevaba allí cuando escuché a alguien acercarse, me giré rápido, a tiempo de ver como Alex llegaba y se sentaba a mi lado.
-No me parece seguro dejarte aquí sola.-asentí, pero no hable.-A mi tampoco me gustan, ¿sabes?-lo miré sin entender y él me devolvió la mirada, con una leve y triste sonrisa en la cara.-Las mentiras.-me aclaró. Lo seguí mirando, porque aún no entendía a qué venía aquello.-Y no me gusta mentirte-continuó.- pero… a veces las mentiras son mucho más creíbles que la verdad, menos peligrosas y… en fin, más seguras.
-¿Intentas decirme que sigues mintiéndome, Alex?-le pregunté, clavando mis ojos en el reflejo de la luna sobre el agua tranquila del río. No me lo podía creer, ese estúpido seguía mintiéndome. Lo escuché suspirar.
-Sí.-esa afirmación se me clavó en el alma con fuerza.
-¿En qué?
-En todo. Nada de lo que te he dicho es verdad.
-¿Cómo dices?-lo miré, tratando de tragarme toda la rabia que me invadió de repente. Volvió a suspirar.-No necesito tus suspiros, Alex, necesito tus verdades.
-Estuve pensando durante semanas que mentira podría contarte y que tú la creyeras para alejarte de ese pueblucho de mala muerte. Nunca confié en que esta funcionase, porque era una completa locura…
-Durante los últimos meses, mi mejor amigo ha sido un fantasma, perdona si creo que locuras.-murmuré. Él sonrió un poco.
-Supongo que no pensé en eso. Me costó creer que hubieses creído que era un hombre lobo con esa facilidad.
-No eres normal, eso lo tuve claro desde siempre. Tenías que ser algo y me diste ese algo que tenías que ser. No pensé que tuviese que dudar de tu palabra, aunque veo que me equivoqué.
-No me estoy portando como debería, Dafne.-movió la cabeza de un lado a otro.-Debería de contarte lo que está pasando, lo que pasa desde siempre. A fin de cuentas, formas parte de esto tanto como yo, aunque tú no lo sepas.
-¿Y cómo podré saber que esta vez no hay engaños?
-Lo sabrás. Simplemente lo sabrás.
-Bien. Explícame qué eres.-de pronto me quedé sin teorías, desde hacía tiempo pensaba que era un hombre lobo, no dudé en creerle cuando me lo contó y ahora que me negaba que lo que había dicho fuera cierto ya no sabía que creer.
-Bueno, sí es cierto todo lo que te he dicho antes, he procurado mentir lo menos posible, todo lo que te he dicho que sentí lo sentí de verdad. Sólo que… no era yo quien te salvó, no era yo quien corría libre… yo no era el lobo, era su conciencia, veía lo que él veía, sentía lo que él sentía, pero no era yo.-arqueé las cejas, sin entender absolutamente nada.-yo no soy un hombre lobo, pero mi vida está muy ligada a esos animales. A la gente como yo se nos conoce por los Señores de los Lobos, cada vez quedan menos, ¿sabes?
-¿Señores de los Lobos?
-Sí. Los Señores de los Lobos tienen un poder especial sobre estos animales, consiguen domarlos, controlarlos, pero es una unión mucho más importante… existe una conexión especial, conseguimos ser amigos de los lobos, sentir lo que sienten y vivir lo que viven, conseguimos que nos hagan caso de tal forma que se forma una especie de… manada, de la que el Señor de los Lobos es el jefe, de forma que cuando uno de los lobos de la manada muere, el Señor de esa manada siente como una parte de él muere con él, y cuando el Señor es el que muere…
-¿Si?
-Son sus lobos los que mueren con él. Por eso se intenta que la manada sea lo más pequeña posible, porque así no será una gran pérdida.
-Vale, vale… ¿me estás diciendo que eres un Señor de los Lobos?-asintió.
-No somos fáciles de matar, no te creas.-continuó.-Los Señores de los Lobos tenemos una vida muy larga, tan larga que a veces perdemos la memoria de como empezó todo.
-¿No morís nunca?
-Normalmente, mueren muchos de los nuestros.
-No lo entiendo.
-Es el poder, ¿sabes? Muchos desean más de lo que tienen, la única forma de que un Señor de los Lobos muera es que otro Señor de los Lobos lo mate. Y así se desarrolla la guerra normalmente. Tú tienes una manada más grande que la mía y más poder que yo, eres un obstáculo así que te mato, acabo con el enemigo y escalo un peldaño más.-me estremecí con sus palabras.
-¿Has matado a alguien?
-Oh, no, yo no soy de esos, no ansío poder en absoluto. Me basta con lo que tengo pero eso no impide que para otros parezca un estorbo.
-Entonces, eres tú quien huye.
-No. A mi no me importa que me maten, Dafne, lo que no soportaría es que te matasen a ti.
-¿Por qué iban a matarme a mi?
-Porque tú eres como yo.
-¿Qué?
-Sí, pero no lo sabes.
-Oh, claro.
-Sí que eres como yo, Dafne. Me atrevería a decir que mucho más. Eres una Señora de los Lobos, pero hay mucho más que eso… tu familia… normalmente esto se hereda, ¿sabes? Y normalmente pasa de padres a hijos, no a hijas. Tu familia ha sido siempre una de las importantes en este mundillo, se esperaban grandes cosas de tu padre, pero alguien…
-¿Me estás diciendo que aquello no fue un accidente?
-Por supuesto que no fue un accidente. Un accidente no habría acabado con la vida de tu padre.
-¿Mi padre era un Señor de los Lobos?
-Sí.
-¿Sabes quien lo mató?
-Sí.
-¿Me lo dirás?
-Sí. Mi padre.-se me abrieron los ojos, me quedé sin aire, y por poco me caigo allí mismo.-Y ahora va a por ti. Normalmente este gen o lo que sea, no se transmite a las niñas, cuando acabó con tu padre en mitad de aquel “accidente” dio por sentado que tú estabas muerta, nunca jamás imaginó que vivías y mucho menos lo que eras. Hasta que volviste al pueblo, y te vio y supo que seguías viva, que habías sobrevivido a algo a lo que nadie hubiese podido sobrevivir. Desde entonces intenta matarte cada vez que puede.
Me ardían las mejillas de puro odio. Y apreté los puños, tratando de tranquilizarme.
-¿Por qué viene a por mi si yo no sabía nada de esto? No tengo ningún lobo en “mi manada”, ni tengo idea de como se hace eso. ¿Y cómo te has enterado tú de todo esto? ¿Te lo ha contado él?
-Verás, desde el primer momento supe que mi padre no te tragaba, y siempre me pregunté porqué. Luego me enteré de lo que era yo y luego… luego vi lo de tu herida.
-¿Mi herida?
-Sí, la de tu brazo. ¿Recuerdas la facilidad con la que te curaste? A mi me pasa eso, pero no con los lobos. Los lobos de otros son los únicos que pueden dejar marca en mi, podría clavarme un cuchillo y cuando lo sacase la herida desaparecería, si un lobo me mordiese, su mordedura estaría siempre ahí.
-Entonces no soy como tú.
-Te he dicho que eras mucho más. Como te he dicho normalmente este gen sólo está en los varones. Cuando vi lo tuyo investigué… hay muy pocos casos en chicas, y todas ellas han presentado una asombrosa resistencia a los lobos de otros Señores, estáis un paso por delante nuestra, no os afecta lo que a nosotros nos mata…
-Eso significaría que soy inmortal.-contesté moviendo la cabeza.
-No lo eres.-Alex clavó los ojos en el horizonte, donde el sol ya empezaba a asomar.-que tus heridas provocadas por un lobo cicatricen en seguida no significa que si un lobo te despedaza puedas sobrevivir.-me explicó. Asentí, por algún extraño motivo no me estaba costando mucho trabajo aceptar todo aquello.
-Pero sigo sin ser un peligro para su poder.-susurré.
-Eres uno de los mayores peligros. Mi padre acaba con todo aquel que pueda suponer un peligro y tú lo eres, teniendo en cuenta que te mantienes alejada, o al menos hasta ahora, de todo este mundo, sobrevivirás a su muerte, seguirás viva después y podrás formar una enorme manada mientras él se pudre en el infierno. Y él no quiere que nadie le sobreviva…
-Y… si soy como tú… ¿por qué yo sólo veo a Max?
-Eso no lo sé.-se encogió de hombros.
-Y… sois hermanos.-Alex asintió.- ¿Qué le pasó?
-Mi padre…
-No.-le corté, aquello no podía ser verdad.
-Él no heredó el gen, supongo que mi padre consideró que no era importante…-me llevé las manos a la boca.-Max se enamoró perdidamente de tu abuela, se atrevió a plantarle cara y supongo que mi padre no lo pudo soportar, tal vez, si se hubiese callado y no hubiese dado problemas mi padre lo hubiese dejado estar, al fin y al cabo, es su hijo.
-Su propio padre…
-Tengo que volver a casa pronto, Dafne, voy a ponerte en un lugar seguro y luego volveré.-se levantó.
-¿Porqué quieres volver con él?
-No quiero volver con él. Quiero proteger a mis hermanos y a mi madre… no tienen ni idea de dónde están metidos…
-¿Y volver con él no será peligroso?
-Por ahora no… mi manada es pequeña y no supongo ningún peligro.
-Por ahora…
-Por ahora.-repitió él.-Pero no te preocupes por mi.
Me tendió la mano.
-Quiero ver como amanece.-le dije, mirando al horizonte. Él me imitó y se quedó allí quieto.
-Supongo que un rato no hará daño a nadie.-se encogió de hombros. Me abracé las rodillas con fuerza, tratando de obviar el frío que tenía. De pronto escuché un ruido muy cerca de nosotros y me giré, tuve el tiempo justo de ver como un lobo saltaba sobre Alex y lo empujaba contra un árbol cercano. Luego el lobo me miró, y tras él apareció el padre de Alex, que me miró con suficiencia. Me había cazado, los dos lo sabíamos y no había escapatoria. No, él único capaz de protegerla se encontraba inconsciente a unos metros de mi. De pronto ya no tenía frío, tan solo miedo. Di un paso hacia atrás y el lobo saltó sobre mi. Se acabó, pensé, cuando el mayor de los dolores se apoderó de mi. No recordaba mucho más.
Cuando desperté no estaba en el mismo sitio y no me sentía bien. La cabeza me daba vueltas y mirase donde mirase, los colores y el aire me daban dolor de cabeza. Sobre mi se inclinó la cabeza de Max, girándola de un lado a otro.
-¿Max?-pregunté, al tiempo que me incorporaba, con una ligereza casi sorprendente. Lo miré fijamente, también él había cambiado.
-No puede ser.-musitó, tan bajo que creí que me lo había inventado.
-¿Dónde estoy?
-No es exactamente la pregunta acertada, Dafne.
-¿Y cuál es la pregunta?
-La pregunta es cómo estás.
-Estoy bien.
-Sí, en eso coincido contigo.
-Estoy bien.-repetí, puesto que parecía que no se lo creía.-Estoy perfectamente.
-Sí. Estás perfectamente muerta, Dafne.
miércoles, 26 de mayo de 2010
martes, 4 de mayo de 2010
Día 79
-Esto no es un secuestro.-se limitó a contestar, mientras sonreía.
-Claro que lo es.
-No, no lo es.
-¿Por qué?-me empezaba a indignar.
-Porque tú quieres estar aquí, es más, quieres estar aquí y conmigo.-fruncí el ceño.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-¿Y tú cómo sabes eso?-achiqué los ojos mientras lo miraba y me crucé con fuerza de brazos.
-Por que has parado de gritar.-contestó, mirándome de reojo.
-Eso no significa n…
-Y también porque cuando crees que no te veo me miras y sonríes.-abrí los ojos del tirón y enrojecí un poco. Oh no. Miré por la ventanilla, tratando de mantener mi cara lo más lejos de sus ojos. Él se rió.
-No sabía que tuvieses carnet de conducir.-murmuré, tratando de alguna forma cambiar de tema.
-Hace poco que lo tengo. Un mes o así. No me gustan los coches son… lentos.-lo miré.
-Más lentos son los autobuses o más aún las personas.-él sonrió con los ojos.
-Sí, las personas normales son excesivamente lentas.-y sonrió más. Volví a girar la cabeza y miré a través de la ventanilla.
-¿Dónde vamos?
Él se encogió de hombros.
-Tú mandas.
-Pero… yo no sé donde quiero ir.
-¿Ibas a coger un autobús y no sabías a dónde?-me miró un segundo y esta vez fui yo la que me encogí de hombros.
-Pensaba coger el que más lejos me llevase por menos dinero.-me rasqué la barbilla.-No tenía ningún lugar en mente…
-En la guantera hay un mapa, cógelo y sólo dime dónde quieres ir.-le hice caso y cogí el mapa. Mientras lo desdoblaba me corté con uno de los filos.
-Au. -deje caer el mapa a mis pies y vi la sangre salir.- Oh no, sangre.- Alex paró el coche a un lado de la carretera.
-¿Qué demonios…?-me miró, me cogió la mano y la miró, casi podía sentir su mirada en mi dedo y me sentí incómoda. Lo observaba, lo doblaba, lo seguía observando, como si fuese a encontrar esa herida que ya no estaba. De pronto me miró.-Sí, las personas normales son muy lentas…-lo miré sin entender.-para todo, incluso para curarse.
Aparté mi mano de él de un tirón y miré mi dedo, después lo miré a él.
-¿Insinúas que no soy una persona?-me volví a cruzar de brazos y lo miré con rabia. Él me miró un instante y volvió a arrancar el coche.
-No. Insinúo que no eres normal.
Permanecí mucho rato callada. No me sentaron mal sus palabras, simplemente confirmaban aquello que yo ya temía. Las personas normales no se curan con tanta rapidez, pues no, claro que no. Necesitan tiempo y la marca tarda mucho en desaparecer. Yo, en cambio, no lo necesitaba. No tenía una sola cicatriz en todo el cuerpo. Ni de cuando era pequeña, que me caía y me arañaba tanto. Ni una sola. Era sospechoso para alguien tan propenso a los accidentes como yo. Ni siquiera estaba la marca de que un lobo había intentado matarme. No había nada. Nada. Era entonces un bicho raro, ¿no? Sí, lo era. No sé de qué me extraño, no había nada normal en ese pueblo. Ni siquiera yo.
-¿Te has enfadado porque te he dicho que no eres normal?-Alex me lo dijo serio, medio arrepentido, tanteándome para saber cuan mal había podido sentarme.
-No te preocupes.-y de improviso le sonreí.
-Aunque pareces completamente normal, una chica normal y corriente.-lo miré extrañada ante su comentario.-Me has sonreído, me demuestras que no hay quien os entienda.
Y volví a sonreír.
-Ya sé dónde quiero ir.
-¿Dónde?
-A casa.
-¿Quieres volver?
-No, quiero ir a mi casa de verdad. A la de siempre. A la de mis padres.
-A sus órdenes.-y siguió, sin preguntarme el camino pero yendo el la dirección correcta. Lo miré fijamente durante un rato. Y de pronto me acordé de todo, del tirón, como si una barrera hubiese mantenido todas mis dudas, mis preocupaciones, mis suposiciones y sus engaños al margen de mi.
-No sé si esto es una buena idea.-y supo en seguida de lo que estaba hablando. Claro que sí, y se puso serio, y después sonrió un poco.
-Querías respuestas, y las vas a tener.-tragué saliva, su tono me asustó.
-Quiero bajarme y seguir el camino sola.
-Sé a donde irás.
-Pues cambiaré de camino.
-¿Me tienes miedo?-esa pregunta me costó más trabajo de responder del que yo pensaba. “¡Sí!” gritó mi cerebro, con todas sus fuerzas, con su sentido común conectado y alerta. Claro que tenía que tenerle miedo, era un lobo, un hombre lobo peligroso y sin vigilancia, y ahí estaba yo, sola, sin nadie que supiese que estaba con él a excepción de Pablo, que probablemente no diría nada nunca. Estaba en un peligro mucho mayor de en el que nunca había estado. Tal y como me dijo Max cuando aún no había aprendido a escucharlo. Hay peligros a los que conviene no hacerles frente, y allí estaba yo, frente a él, en un coche con las puertas cerradas, posiblemente pudiese convertirme en su cena cuando llegase la noche.
Luego vino el “no” rotundo de mi corazón, que contradijo cada uno de los puntos anteriores. No le tenía miedo. Él era Alex al margen de en lo que se convirtiese por la noche. Además, ese lobo en el que se convertía me había salvado la vida, por lo que cuando se transformaba debía tener conciencia de quien era, debía seguir siendo Alex. No estaba en peligro con él, en realidad estaba segura, a salvo. Incluso mucho más a salvo que sin él.
Pero aún con todo, no supe responderle. Así que se rió.
-Tú no eres peligroso.-dije simplemente, eludiendo la pregunta. Aceptar que no era peligroso no era lo mismo que aceptar que no me diese miedo y él lo supo.
-No has hecho ninguna pregunta aún.
-Estoy empezando a replantearme el hecho de si quiero saber las respuestas.-me encogí en mi asiento. Tan solo de pensar en escuchar a Alex diciendo “Sí, soy un hombre lobo” me causaba escalofríos, aunque cada vez me quedasen menos dudas de que era así.
-Oh, vamos. Te ibas porque no tenías respuestas, y ahora que te las ofrezco no las quieres.
-Bueno, sigo aquí, largándome, puede que ya no quiera esas respuestas.
-Pero te largas conmigo.
-Me secuestras.
-Te salvo.
-¿De qué?
-Hay… cosas mucho más peligrosas que yo por ahí sueltas. Y van a por ti.
-¿Por qué?
-No tengo una explicación razonable sobre ese punto.
-¿Cómo puedes ver a Max?
-Vaya, parece que al fin has decido hacer algunas preguntas.
-Unas pocas de respuestas no me harán daño.
-No sé como veo a Max.
-Pues vaya respuesta.
-No sé como funciona esto. Fue… de pronto.
-¿De pronto?
-Empecé a sentirme muy mal, en verdad solo me sentía bien cuando estaba contigo y de pronto, me dejaste.-hablaba como si en algún momento hubiese habido una relación entre nosotros.-entonces me sentí peor y volví a buscarte, tratando de que me dieses una explicación… de que volvieses. Y lo conseguí, el día del… bueno, ya sabes…
-Del funeral de la abuela.-lo dije sin dolor, lo dije sin ningún tono en la voz. Lo dije como alguien que sabe que mi abuela seguía por ahí, en algún rincón. Él me miró, entendiéndolo.
-Volví muy feliz a casa… pero todo eso se desvaneció cuando vi a tu abuela en mi habitación. Que ridiculez, veía visiones. Me asusté, me auto convencí de que aquello no era real y casi me lo creí-sonreí al pensar que era lo mismo que yo había hecho en su momento con Max.-pero no se iba, y se fue volviendo más y más real a cada día que iba pasando. Y me decía que te dejase, que no me convenías, que yo no te convenía a ti. Más estupideces. ¿Cómo no me ibas a convenir si eras la única que sacaba lo bueno que había en mi? ¿Cómo no te iba a convenir yo? No se me ocurría nadie que pudiese hacer por ti más de lo que yo estaba dispuesto a hacer.
-Me dejaste.-le susurré, recordando el dolor que aquello me causó.
-Tu abuela me explicó… cosas. Cosas horribles, cosas que poco a poco y sin darme apenas cuenta, fui haciendo. Te dejé, sí, tu abuela tenía razón, no te convenía y en cierto modo, tú a mi tampoco. Por muy horrible que pueda sonar, los días siguientes al funeral de tu abuela fueron los mejores de mi vida. Estar contigo tanto tiempo me sentaba bien, estaba mucho más que feliz, estaba eufórico. Pero cuando llegaba a casa… el mundo se derrumbaba, sentía que la cabeza me iba a explotar, bueno, más bien, sentía que el cuerpo me iba a explotar y me iba a reducir a trocitos minúsculos. Aguanté demasiado… ¿recuerdas la primera vez que me colé en tu balcón?-asentí. Recordaba todas las cosas que había hecho o dicho desde que lo conocía.-Esa noche fue cuando pasó… sentí que explotaba de verdad, en un segundo pensé que me moría, en serio… y de pronto, una libertad tan enorme que ni siquiera podría describirla. Un sentimiento único. Y correr, y saltar, y gritar, como si nada existiese en el mundo salvo yo y mi preciosa libertad. La felicidad, sí, me sentía feliz. Y de pronto, en mitad de ese estado en el que me encontraba, en el que no existía nada más… te vi. Estabas allí, tirada en el suelo, pálida, asustada, en peligro. Y me lancé a salvarte sin entender muy bien ni como, me lancé contra aquel lobo enorme… y ya no recordaba nada. De pronto me estaba despertando, tirado en mitad del bosque. Estaba solo y me sangraba la cara, pero resistí la tentación de limpiármela y caer desmayado y salí en tu busca, a tu casa, a tu cuarto, a saber que estabas bien… cuando te encontré a salvo, me sentí tranquilo, bueno, todo lo tranquilo que podía estar. Me di cuenta de lo que pasaba, que estabas en peligro porque no me controlaba, porque hacía cosas sin saber que las hacía. Tu abuela me lo había avisado y yo no le había hecho caso, hasta que casi fue demasiado tarde. Así que me alejé de ti aunque eso solo hiciese que me sintiese peor poco a poco, aunque me fuese matando el alma sin piedad. Te ponía a salvo, supongo que eso cuenta a mi favor.-no me había mirado en todo su monólogo, pero lo hizo en ese instante, me miró de reojo y me encontró un tanto confusa, acababa de saber como vivió él aquello, él, que no había estado allí… me había salvado la vida más veces de las que yo sabía. Tragué saliva, aún perpleja, aún confusa.
-Sigue.
-Supongo que ver fantasmas es cosa de lo que soy, por eso veo a Max.
-Desde esa noche.
-Desde esa noche.-repitió él.
-Me has dado más respuestas de las que había pedido.-me giré incómoda y asustada. Abrí la ventanilla y casi saqué la cabeza entera, necesitaba aire, en realidad necesitaba bajarme del coche, salir corriendo, esconderme y llorar, pero estaba segura que esa opción no estaba permitida por Alex.
-Tenía que explicártelo. Te dejé sin más, sin una sola explicación razonable. Te lo merecías. Tenía que explicarte porque no podía estar contigo, era peligroso, te ponía en un peligro mucho…
-más enorme de en el que hubiese estado nunca.-terminé su frase, aún con la cabeza fuera, sin mirarlo.
-No podía dejar que anduvieses por ahí con un hombre…
-No.-me giré, rápida, seria, más asustada aún.-No… no lo digas, no lo digas por favor.
-Pero… ya lo sabes.
-No, no sé nada. Solo sé que me has ayudado, que me has salvado la vida en más de una ocasión y que eres Alex. Me basta con eso. No necesito nada más.-lo miré, suplicante. Claro que lo sabía, maldita sea, no era estúpida. Pero no podría soportar que me lo dijese él, que me lo asegurase, me sentía más a salvo pensándolo, creyéndolo, imaginándolo, que si era una realidad, que si me lo confirmaba, que si la ilusión se esfumaba y solo dejaba un lobo allí, frente a mi, sin Alex, sin protección, solo con miedo. Cogí aire y traté de relajarme. Cerré los ojos. Esto era peor aún que los chillidos de Max. Mucho peor, se trataba de Alex.
-No creí que te fuese a afectar tanto.-lo miré, con esa mirada con la que si pudieses matarías a alguien.
-No soy de plástico.-le contesté, fría y seria. Volvió a detener el coche y me miró, tan fijamente que me hizo sentir incómoda.
-Y después de todo esto… ¿me tienes miedo ahora?-esperaba esa pregunta, y pensé que ahora sería más difícil, que después de todo eso estaría aterrorizada, me saldría por la ventanilla bajada aunque fuera y huiría de él a la primera oportunidad que tuviese, pero sin embargo, la respuesta se escapó de mis labios incluso antes de pensar todo esto.
-No.
-¿Estás segura?
-No puedo tener miedo de un héroe.
-Pero si de un monstruo.
-No veo ninguno por aquí. Solo veo a alguien que se arriesgado por mi, que me ha salvado, ayudado, rescatado, sacado del agujero en el que estaba. Yo no veo al…-no, no lo iba a decir.-Yo veo al chico, yo veo a Alex.
Se acercó lentamente a mí, muy lentamente, casi con cuidado, mirándome, estudiando mi reacción. Se me aceleró la respiración y de pronto la contuve. Oh, no no no no no no. Ahora no, al final tendría que salir por la ventana de verdad. Me quedé allí parada, esperando lo que demonios tuviese que pasar, con más miedo que ganas. No quería que me besase. Pensaréis que soy tonta, probablemente lo pueda ser… pero cuando os secuestren para contaros ese tipo de cosas os pensaréis mejor el ir dando besos por ahí. Y sin embargo, no me aparté, por que, en una parte (una parte descomunalmente enorme) deseaba que cruzase la distancia que nos separaba en esos momentos. Se paró a menos de 5 cm de mi, sin apartar los ojos de mi ni un solo instante. Luego sonrió, levantó un poco la cabeza y depositó su beso en mi frente.
Busqué todo el aire que me faltaba, y él se rió.
-Ya sé porque me gustaste tanto.-sonrió y me miró antes de arrancar.-Y no creas que la próxima vez lo dejaré escapar. Te he dado hoy la tregua, porque creo que has tenido suficientes emociones fuertes, pero no se me ha escapado como me mirabas, o como contenías la respiración, o como mirabas la ventana buscando una forma eficaz de salir de este coche.-después se rió.-No es que estés en estado se shock, no te equivoques ni te engañes a ti misma. En verdad es mucho más sencillo que todo esto, si hubiese pasado en cualquier rincón del mundo y un universo en el que yo fuese normal y tú también, también hubieses tenido miedo, incluso más que el que estás teniendo ahora. Tú no tienes miedo de los hombres…
-¡Shhh!
Sonrió más.
-A lo que tú tienes miedo, es a depender de alguien, a que alguien te preocupe más de lo que puedas soportar, a querer tanto a alguien que, cuando lo pierdas, no sepas que será de ti. Y teniendo en cuenta la vida que llevo, perderme puede ser fácil… A lo que usted tiene miedo, señorita Dafne, es al amor, a que la amen y a que usted ame a otra persona.
Y dicho esto, arrancó, como si tal cosa, como si el señorito Alex no hubiese acertado de pleno.
-Claro que lo es.
-No, no lo es.
-¿Por qué?-me empezaba a indignar.
-Porque tú quieres estar aquí, es más, quieres estar aquí y conmigo.-fruncí el ceño.
-¿Ah, sí?
-Sí.
-¿Y tú cómo sabes eso?-achiqué los ojos mientras lo miraba y me crucé con fuerza de brazos.
-Por que has parado de gritar.-contestó, mirándome de reojo.
-Eso no significa n…
-Y también porque cuando crees que no te veo me miras y sonríes.-abrí los ojos del tirón y enrojecí un poco. Oh no. Miré por la ventanilla, tratando de mantener mi cara lo más lejos de sus ojos. Él se rió.
-No sabía que tuvieses carnet de conducir.-murmuré, tratando de alguna forma cambiar de tema.
-Hace poco que lo tengo. Un mes o así. No me gustan los coches son… lentos.-lo miré.
-Más lentos son los autobuses o más aún las personas.-él sonrió con los ojos.
-Sí, las personas normales son excesivamente lentas.-y sonrió más. Volví a girar la cabeza y miré a través de la ventanilla.
-¿Dónde vamos?
Él se encogió de hombros.
-Tú mandas.
-Pero… yo no sé donde quiero ir.
-¿Ibas a coger un autobús y no sabías a dónde?-me miró un segundo y esta vez fui yo la que me encogí de hombros.
-Pensaba coger el que más lejos me llevase por menos dinero.-me rasqué la barbilla.-No tenía ningún lugar en mente…
-En la guantera hay un mapa, cógelo y sólo dime dónde quieres ir.-le hice caso y cogí el mapa. Mientras lo desdoblaba me corté con uno de los filos.
-Au. -deje caer el mapa a mis pies y vi la sangre salir.- Oh no, sangre.- Alex paró el coche a un lado de la carretera.
-¿Qué demonios…?-me miró, me cogió la mano y la miró, casi podía sentir su mirada en mi dedo y me sentí incómoda. Lo observaba, lo doblaba, lo seguía observando, como si fuese a encontrar esa herida que ya no estaba. De pronto me miró.-Sí, las personas normales son muy lentas…-lo miré sin entender.-para todo, incluso para curarse.
Aparté mi mano de él de un tirón y miré mi dedo, después lo miré a él.
-¿Insinúas que no soy una persona?-me volví a cruzar de brazos y lo miré con rabia. Él me miró un instante y volvió a arrancar el coche.
-No. Insinúo que no eres normal.
Permanecí mucho rato callada. No me sentaron mal sus palabras, simplemente confirmaban aquello que yo ya temía. Las personas normales no se curan con tanta rapidez, pues no, claro que no. Necesitan tiempo y la marca tarda mucho en desaparecer. Yo, en cambio, no lo necesitaba. No tenía una sola cicatriz en todo el cuerpo. Ni de cuando era pequeña, que me caía y me arañaba tanto. Ni una sola. Era sospechoso para alguien tan propenso a los accidentes como yo. Ni siquiera estaba la marca de que un lobo había intentado matarme. No había nada. Nada. Era entonces un bicho raro, ¿no? Sí, lo era. No sé de qué me extraño, no había nada normal en ese pueblo. Ni siquiera yo.
-¿Te has enfadado porque te he dicho que no eres normal?-Alex me lo dijo serio, medio arrepentido, tanteándome para saber cuan mal había podido sentarme.
-No te preocupes.-y de improviso le sonreí.
-Aunque pareces completamente normal, una chica normal y corriente.-lo miré extrañada ante su comentario.-Me has sonreído, me demuestras que no hay quien os entienda.
Y volví a sonreír.
-Ya sé dónde quiero ir.
-¿Dónde?
-A casa.
-¿Quieres volver?
-No, quiero ir a mi casa de verdad. A la de siempre. A la de mis padres.
-A sus órdenes.-y siguió, sin preguntarme el camino pero yendo el la dirección correcta. Lo miré fijamente durante un rato. Y de pronto me acordé de todo, del tirón, como si una barrera hubiese mantenido todas mis dudas, mis preocupaciones, mis suposiciones y sus engaños al margen de mi.
-No sé si esto es una buena idea.-y supo en seguida de lo que estaba hablando. Claro que sí, y se puso serio, y después sonrió un poco.
-Querías respuestas, y las vas a tener.-tragué saliva, su tono me asustó.
-Quiero bajarme y seguir el camino sola.
-Sé a donde irás.
-Pues cambiaré de camino.
-¿Me tienes miedo?-esa pregunta me costó más trabajo de responder del que yo pensaba. “¡Sí!” gritó mi cerebro, con todas sus fuerzas, con su sentido común conectado y alerta. Claro que tenía que tenerle miedo, era un lobo, un hombre lobo peligroso y sin vigilancia, y ahí estaba yo, sola, sin nadie que supiese que estaba con él a excepción de Pablo, que probablemente no diría nada nunca. Estaba en un peligro mucho mayor de en el que nunca había estado. Tal y como me dijo Max cuando aún no había aprendido a escucharlo. Hay peligros a los que conviene no hacerles frente, y allí estaba yo, frente a él, en un coche con las puertas cerradas, posiblemente pudiese convertirme en su cena cuando llegase la noche.
Luego vino el “no” rotundo de mi corazón, que contradijo cada uno de los puntos anteriores. No le tenía miedo. Él era Alex al margen de en lo que se convirtiese por la noche. Además, ese lobo en el que se convertía me había salvado la vida, por lo que cuando se transformaba debía tener conciencia de quien era, debía seguir siendo Alex. No estaba en peligro con él, en realidad estaba segura, a salvo. Incluso mucho más a salvo que sin él.
Pero aún con todo, no supe responderle. Así que se rió.
-Tú no eres peligroso.-dije simplemente, eludiendo la pregunta. Aceptar que no era peligroso no era lo mismo que aceptar que no me diese miedo y él lo supo.
-No has hecho ninguna pregunta aún.
-Estoy empezando a replantearme el hecho de si quiero saber las respuestas.-me encogí en mi asiento. Tan solo de pensar en escuchar a Alex diciendo “Sí, soy un hombre lobo” me causaba escalofríos, aunque cada vez me quedasen menos dudas de que era así.
-Oh, vamos. Te ibas porque no tenías respuestas, y ahora que te las ofrezco no las quieres.
-Bueno, sigo aquí, largándome, puede que ya no quiera esas respuestas.
-Pero te largas conmigo.
-Me secuestras.
-Te salvo.
-¿De qué?
-Hay… cosas mucho más peligrosas que yo por ahí sueltas. Y van a por ti.
-¿Por qué?
-No tengo una explicación razonable sobre ese punto.
-¿Cómo puedes ver a Max?
-Vaya, parece que al fin has decido hacer algunas preguntas.
-Unas pocas de respuestas no me harán daño.
-No sé como veo a Max.
-Pues vaya respuesta.
-No sé como funciona esto. Fue… de pronto.
-¿De pronto?
-Empecé a sentirme muy mal, en verdad solo me sentía bien cuando estaba contigo y de pronto, me dejaste.-hablaba como si en algún momento hubiese habido una relación entre nosotros.-entonces me sentí peor y volví a buscarte, tratando de que me dieses una explicación… de que volvieses. Y lo conseguí, el día del… bueno, ya sabes…
-Del funeral de la abuela.-lo dije sin dolor, lo dije sin ningún tono en la voz. Lo dije como alguien que sabe que mi abuela seguía por ahí, en algún rincón. Él me miró, entendiéndolo.
-Volví muy feliz a casa… pero todo eso se desvaneció cuando vi a tu abuela en mi habitación. Que ridiculez, veía visiones. Me asusté, me auto convencí de que aquello no era real y casi me lo creí-sonreí al pensar que era lo mismo que yo había hecho en su momento con Max.-pero no se iba, y se fue volviendo más y más real a cada día que iba pasando. Y me decía que te dejase, que no me convenías, que yo no te convenía a ti. Más estupideces. ¿Cómo no me ibas a convenir si eras la única que sacaba lo bueno que había en mi? ¿Cómo no te iba a convenir yo? No se me ocurría nadie que pudiese hacer por ti más de lo que yo estaba dispuesto a hacer.
-Me dejaste.-le susurré, recordando el dolor que aquello me causó.
-Tu abuela me explicó… cosas. Cosas horribles, cosas que poco a poco y sin darme apenas cuenta, fui haciendo. Te dejé, sí, tu abuela tenía razón, no te convenía y en cierto modo, tú a mi tampoco. Por muy horrible que pueda sonar, los días siguientes al funeral de tu abuela fueron los mejores de mi vida. Estar contigo tanto tiempo me sentaba bien, estaba mucho más que feliz, estaba eufórico. Pero cuando llegaba a casa… el mundo se derrumbaba, sentía que la cabeza me iba a explotar, bueno, más bien, sentía que el cuerpo me iba a explotar y me iba a reducir a trocitos minúsculos. Aguanté demasiado… ¿recuerdas la primera vez que me colé en tu balcón?-asentí. Recordaba todas las cosas que había hecho o dicho desde que lo conocía.-Esa noche fue cuando pasó… sentí que explotaba de verdad, en un segundo pensé que me moría, en serio… y de pronto, una libertad tan enorme que ni siquiera podría describirla. Un sentimiento único. Y correr, y saltar, y gritar, como si nada existiese en el mundo salvo yo y mi preciosa libertad. La felicidad, sí, me sentía feliz. Y de pronto, en mitad de ese estado en el que me encontraba, en el que no existía nada más… te vi. Estabas allí, tirada en el suelo, pálida, asustada, en peligro. Y me lancé a salvarte sin entender muy bien ni como, me lancé contra aquel lobo enorme… y ya no recordaba nada. De pronto me estaba despertando, tirado en mitad del bosque. Estaba solo y me sangraba la cara, pero resistí la tentación de limpiármela y caer desmayado y salí en tu busca, a tu casa, a tu cuarto, a saber que estabas bien… cuando te encontré a salvo, me sentí tranquilo, bueno, todo lo tranquilo que podía estar. Me di cuenta de lo que pasaba, que estabas en peligro porque no me controlaba, porque hacía cosas sin saber que las hacía. Tu abuela me lo había avisado y yo no le había hecho caso, hasta que casi fue demasiado tarde. Así que me alejé de ti aunque eso solo hiciese que me sintiese peor poco a poco, aunque me fuese matando el alma sin piedad. Te ponía a salvo, supongo que eso cuenta a mi favor.-no me había mirado en todo su monólogo, pero lo hizo en ese instante, me miró de reojo y me encontró un tanto confusa, acababa de saber como vivió él aquello, él, que no había estado allí… me había salvado la vida más veces de las que yo sabía. Tragué saliva, aún perpleja, aún confusa.
-Sigue.
-Supongo que ver fantasmas es cosa de lo que soy, por eso veo a Max.
-Desde esa noche.
-Desde esa noche.-repitió él.
-Me has dado más respuestas de las que había pedido.-me giré incómoda y asustada. Abrí la ventanilla y casi saqué la cabeza entera, necesitaba aire, en realidad necesitaba bajarme del coche, salir corriendo, esconderme y llorar, pero estaba segura que esa opción no estaba permitida por Alex.
-Tenía que explicártelo. Te dejé sin más, sin una sola explicación razonable. Te lo merecías. Tenía que explicarte porque no podía estar contigo, era peligroso, te ponía en un peligro mucho…
-más enorme de en el que hubiese estado nunca.-terminé su frase, aún con la cabeza fuera, sin mirarlo.
-No podía dejar que anduvieses por ahí con un hombre…
-No.-me giré, rápida, seria, más asustada aún.-No… no lo digas, no lo digas por favor.
-Pero… ya lo sabes.
-No, no sé nada. Solo sé que me has ayudado, que me has salvado la vida en más de una ocasión y que eres Alex. Me basta con eso. No necesito nada más.-lo miré, suplicante. Claro que lo sabía, maldita sea, no era estúpida. Pero no podría soportar que me lo dijese él, que me lo asegurase, me sentía más a salvo pensándolo, creyéndolo, imaginándolo, que si era una realidad, que si me lo confirmaba, que si la ilusión se esfumaba y solo dejaba un lobo allí, frente a mi, sin Alex, sin protección, solo con miedo. Cogí aire y traté de relajarme. Cerré los ojos. Esto era peor aún que los chillidos de Max. Mucho peor, se trataba de Alex.
-No creí que te fuese a afectar tanto.-lo miré, con esa mirada con la que si pudieses matarías a alguien.
-No soy de plástico.-le contesté, fría y seria. Volvió a detener el coche y me miró, tan fijamente que me hizo sentir incómoda.
-Y después de todo esto… ¿me tienes miedo ahora?-esperaba esa pregunta, y pensé que ahora sería más difícil, que después de todo eso estaría aterrorizada, me saldría por la ventanilla bajada aunque fuera y huiría de él a la primera oportunidad que tuviese, pero sin embargo, la respuesta se escapó de mis labios incluso antes de pensar todo esto.
-No.
-¿Estás segura?
-No puedo tener miedo de un héroe.
-Pero si de un monstruo.
-No veo ninguno por aquí. Solo veo a alguien que se arriesgado por mi, que me ha salvado, ayudado, rescatado, sacado del agujero en el que estaba. Yo no veo al…-no, no lo iba a decir.-Yo veo al chico, yo veo a Alex.
Se acercó lentamente a mí, muy lentamente, casi con cuidado, mirándome, estudiando mi reacción. Se me aceleró la respiración y de pronto la contuve. Oh, no no no no no no. Ahora no, al final tendría que salir por la ventana de verdad. Me quedé allí parada, esperando lo que demonios tuviese que pasar, con más miedo que ganas. No quería que me besase. Pensaréis que soy tonta, probablemente lo pueda ser… pero cuando os secuestren para contaros ese tipo de cosas os pensaréis mejor el ir dando besos por ahí. Y sin embargo, no me aparté, por que, en una parte (una parte descomunalmente enorme) deseaba que cruzase la distancia que nos separaba en esos momentos. Se paró a menos de 5 cm de mi, sin apartar los ojos de mi ni un solo instante. Luego sonrió, levantó un poco la cabeza y depositó su beso en mi frente.
Busqué todo el aire que me faltaba, y él se rió.
-Ya sé porque me gustaste tanto.-sonrió y me miró antes de arrancar.-Y no creas que la próxima vez lo dejaré escapar. Te he dado hoy la tregua, porque creo que has tenido suficientes emociones fuertes, pero no se me ha escapado como me mirabas, o como contenías la respiración, o como mirabas la ventana buscando una forma eficaz de salir de este coche.-después se rió.-No es que estés en estado se shock, no te equivoques ni te engañes a ti misma. En verdad es mucho más sencillo que todo esto, si hubiese pasado en cualquier rincón del mundo y un universo en el que yo fuese normal y tú también, también hubieses tenido miedo, incluso más que el que estás teniendo ahora. Tú no tienes miedo de los hombres…
-¡Shhh!
Sonrió más.
-A lo que tú tienes miedo, es a depender de alguien, a que alguien te preocupe más de lo que puedas soportar, a querer tanto a alguien que, cuando lo pierdas, no sepas que será de ti. Y teniendo en cuenta la vida que llevo, perderme puede ser fácil… A lo que usted tiene miedo, señorita Dafne, es al amor, a que la amen y a que usted ame a otra persona.
Y dicho esto, arrancó, como si tal cosa, como si el señorito Alex no hubiese acertado de pleno.
domingo, 2 de mayo de 2010
Día 77
-¿No crees que eres muy mayor para creer en ese tipo de cosas?-y sonrió. Y por un instante me olvidé de lo que estábamos hablando, hasta que volvió a ponerse serio. Me estaba mintiendo y yo sabía que lo estaba haciendo. En verdad se creía que yo era estúpida, sino no lo entiendo. Puse mala cara e hice el intento de levantarme, pero él fue más rápido y me detuvo.-No te levantes.
-Estoy bien, ya ni siquiera estoy herida.-pero volví a caer en la cama, muy a mi pesar. Lo miré muy seria, quería que supiese que yo sabía que me estaba mintiendo. No era justo, yo estaba intentando ser sincera.
-Pero es mejor que sigas aquí. Estás a salvo.
-En casa estaré mejor.-y esta vez conseguí levantarme, pero supe que era porque él me había dejado. Me senté y lo miré muy seria.-Alex.
-Dime.
-No me gustan.
-¿El qué?-me miró sin entender.
-Las mentiras.-y dicho esto me levanté, tambaleándome un poco pero sin perder mi dignidad, y anduve hasta donde supuse estaría la puerta de la calle. La localicé pronto, estaba frente a las escaleras que acababa de bajar. La fui a abrir.
-¿Dónde se supone que vas?-escuché a mi espalda, no era Alex, sino Pablo. De pronto recordé que estaba en su casa.
-Me voy a casa.-le dije, completamente convencida. Max estaba a su lado y me miraba serio.
-Quédate aquí, Dafne, por favor, aunque sea solo un rato.
-Un rato no va a ayudar nada.-le contesté.-El abuelo debe estar preocupado.
-Estará mucho más preocupado si consigues que te maten.-lo miré con una mala mueca.
-¿Quién querría matarme?-sonreí, nerviosa recordando al lobo de la otro noche.
-Como si no lo supieras.-contestó Pablo. Vi como Alex aparecía en lo alto de las escaleras.
-Parece que todos sabéis mucho, pero yo no sé nada. Todo lo que sé son suposiciones mías, basadas en qué sé yo, que nadie me confirma.-moví la cabeza de un lado a otro.-No voy a haceros caso, ¿hay algo ahí que quiere matarme? Estupendo, a ver quien puede más.
Y salí de esa casa. Huí de ellos, porque me mentían, me hacían daño a sabiendas de que yo lo sabía, como si fuese una niña que no entendería nada, como si pudiesen protegerme sin explicaciones. No, no, yo necesito algo más que eso. Necesito respuestas y nadie parece dispuesto a dármelas.
Entré en casa, era temprano aún y el abuelo tal vez estuviese durmiendo, por eso intenté no hacer mucho ruido.
-¿Dafne?-escuché, venía del salón. Me acerqué allí, a tiempo de ver al abuelo levantándose del sillón.-Me tenías preocupado.
-Lo siento.-respondí simplemente, mirándolo muy seria.
-La próxima vez que te quedes en casa de una amiga, avisa un poco antes, cuando escuché el teléfono a esa hora pensé que te habría pasado algo.-le sonreí.
-Lo siento.-repetí.-No volverá a pasar.
Me giré, necesitaba un momento de soledad, de esos en los que se llora sin saber muy bien porqué.
-Por cierto…-me giré y lo miré de nuevo.
-Felicidades Dafne.-me sonrió y su cara se llenó de arrugas, muchas más de las que normalmente tenía. Abrí los ojos perpleja. ¿Felicidades? ¿Felicidades? ¿Cómo se me podía haber olvidado mi propio cumpleaños? Tragué saliva y miré al abuelo, tratando de parecer feliz.
-Gracias, abuelo.
Y subí las escaleras y me eché sobre la cama, bocabajo, casi sin poder respirar. Era mi cumpleaños y nadie lo sabía, ni siquiera yo. Estos últimos meses habían sido mucho más cuesta arriba de lo que a mi misma me había parecido. Me giré y me quedé mirando el techo. Bien, tenía 18 años. Una idea ligera, alocada, cruzó por mi cabeza un instante antes de perderse entre las demás, pero seguía brillando, allí, en su rincón.
Al día siguiente decidí que en algún momento de mi vida tendría que hacer una locura, y no se me ocurría ningún momento mejor que aquel. Bajé los escalones de dos en dos, y encontré al abuelo y a Christian en la cocina. Les sonreí. Me sentía mayor, libre, legalmente capaz de hacer todo cuanto antes no se me estaba permitido.
-Buenos días.-los dos me miraron.
-Estás muy animada hoy.-comentó el abuelo. Sí, tal vez lo estaba, supongo que tomar decisiones te relaja, lo difícil es decidir, pero una vez conseguido, todo se vuelve mucho más sencillo, y normalmente, las cosas sencillas hacen feliz a la gente.
-Abuelo…-me puse seria de repente.-tengo algo que decirte, algo muy importante para mi.
-Dime.-el abuelo se sentó, a la espera de eso tan importante, lo vi llevarse las manos a la cabeza y me reí, parecía que supiese por donde iban los tiros.
-Quiero irme de aquí.-me miró, muy serio, casi triste, por un segundo lo pensé mejor, luego me acordé de la cantidad de problemas que parecía traerle mi presencia al pueblo.
-¿Y dónde quieres irte?
-Qué sé yo… Lejos, a un sitio donde nadie puede encontrarme por mucho que busquen, donde nadie me conozca y pueda empezar completamente de cero… no creas que te estoy pidiendo dinero, o peor aún, permiso.-aquello me sonó idiota y estúpido hasta a mi, pero era así, no le pedía permiso, me limitaba a explicarle cuales eran mis intenciones.-Cogeré un tren o un autobús y me pararé en el último lugar que pueda. Tengo algún dinero ahorrado y también algo de la herencia de mis padres… podré sobrevivir más tiempo del que necesito y eso que necesito bastante.
-¿Y esa decisión tan repentina?-me encogí de hombros.
-Necesito un poco de acción en mi vida, supongo… este pueblo es excesivamente tranquilo, si sigo aquí moriré de aburrimiento.-JÁ JÁ muy tranquilo, con hombres lobo y seres extraños, como Pablo, que sabe demasiado, o como Max, que es un fantasma. Pero decidí que eso era demasiado para el abuelo, que no tenía porque saberlo todo.
-¿Y no hay nada que hacer para pararte? ¿Para que te quedes?-negué con la cabeza y él miró a Christian. Oh, no no, nada de chantaje emocional.
-Estará bien, él es una chico fuerte.-le sonreí y movió la cabeza de un lado a otro. Sí, había ganado, supe que el abuelo sabía que había otros motivos, pero no preguntó. Él abuelo era así, era fácil quererle.-Pues…-di un par de pasos hacia atrás, saliendo de la cocina.-A organizarlo todo un poco.
Sí, las decisiones se toman pensando en uno mismo, por mucho que eso se niegue. Yo necesitaba largarme de ese sitio que me acabaría volviendo loca, observé a Max, desde que había descubierto un aliado nuevo en Pablo, que podía verlo y ayudarlo, pasaba poco tiempo en casa, y cuando estaba, yo me sentía extrañamente vigilada.
-No puedes irte.-a veces Max suena preocupado, otras, como esta, suena autoritario.
-Claro que puedo, y lo voy a hacer.-cogí la maleta que guardaba debajo de la cama y me encontré medio llena, de cuando llegué aquí. Sonreí, desde el primer momento supe que no duraría mucho en este sitio.
-No puedes. Es peligroso.
-Lo peligroso es quedarse en este pueblucho.-le miré seria y después sonreí.-Te irá mucho mejor sin mi, Pablo te ayudará mejor que yo, él sabe tu historia.-porque la sabía, él sí y yo no, una punzada de celos me atravesó el pecho. Yo lo había intentado ayudar desde el principio, pero a mi nunca me lo contó, en cambio, Pablo sí sabía como había muerto Max.
-Si lo que quieres es que te lo cuente lo haré.-aunque la curiosidad es una mala aliada a veces, esta vez se comportó, se quedó en su rincón, saltando un poco pero sin molestar. Ya no me importaba, soy de esas que cuando toman una decisión, no cambian fácilmente de parecer, ni aun con promesas de que le cuenten aquello que se moría por saber. Decidí que ya no me importaba, que lo que demonios pasase en ese pueblo se quedaría en ese pueblo, que no me iba a llevar más historias en la maleta, suficiente había con las muchas que ya levaba.
-No es necesario. Disculpa, pero ya he decidido que no me importa. Es tu historia, no la mía. He elegido ser egoísta por una jodida vez en mi vida.-le contesté, harta de que todo el mundo me cargase con sus problemas, como si yo no tuviese suficientes con los míos.
-Dafne…
-Ya tienes a la abuela, no me echarás en falta.
-¿Y crees que a Alex le bastará con tu abuela?-me encogí de hombros mientras una oleada de furia recorría mi cuerpo.
-Ni lo sé ni me importa. Alex también tiene su propia historia de lobos que no son lobos o que no admiten serlo, de secretos que no son para compartir ni conmigo. Si me voy le ahorraré problemas, le ahorraré mentiras, dolores de cabeza, peleas con lobos más grandes… en fin, preocupaciones.
-A veces, eres absolutamente ridícula.-alguien se había deslizado a través de la ventana del balcón, abierta de par en par.-Mucho más que ridícula.
Levanté los ojos y lo miré. Y por otro instante se me olvidó que estaba enfada con él. Me moví al armario y cogí algunas camisetas, llevándolas hasta la maleta.
-Tenías razón, debería de haber cortado ese árbol.-murmuré.
-Hubiese escuchado la conversación de todas formas.
-Eso no es educado, aunque no sé porque me extraño, las personas educadas no mienten.-le dije.
-Max, déjanos solos, por favor.-aún escuchándolo tan claramente, tuve que levantar los ojos para ver como Alex miraba a Max y éste a él. Abrí los ojos y la boca. Otra prueba más, otra mentira, otra desilusión, otro motivo para largarme de allí. Aún me quedaban muchas cosas en el armario, decidí que ya le diría al abuelo que me las enviase, cerré con fuerza y rapidez la maleta y salí del cuarto, casi a la carrera. Me planté en el umbral de la puerta de la cocina y miré seria al abuelo, tenía poco tiempo, me interceptaría a la salida.
-Abuelo, me voy.
-Está bien, no vuelvas tard…-pero entonces vio mi maleta y supo que no me refería a que fuese a dar una vuelta, me refería a irme, a dejarlo todo, a empezar de cero con una maleta llena de ropa pero vacía de recuerdos.-Creí que… tardarías más en irte.
-Yo también lo creí. Pero cada vez aguanto menos este sitio.-y le sonreí mientras una traicionera y solitaria lágrima resbalaba por mi mejilla. Me acerqué a él, lenta, decidida, triste de alguna forma.-Te echaré de menos abuelo…-y lo abracé, rápida, fría, llorosa… me separé tan pronto que se quedó allí parado, como si siguiese abrazándolo. Me acerqué a Christian, que miraba sin entender mucho.
-¿Tú también te vas?-al parecer sí que entendía. Más de lo que quisiera. Asentí.-Todo el mundo se va, nadie se queda conmigo.
Me agaché y me puse a su altura.
-Tendrás que cuidar al abuelo, ¿lo harás? Y vendré a verte tantas veces que serás tú quien me acabe echando de aquí.
Y lo abracé con más fuerza y con más ganas que al abuelo, despidiéndome así de lo único que me quedaba de papá y mamá. Me volví a donde había dejado la maleta.
-Adiós.-dije simplemente, como si esa palabra pudiese llenar el vacío que estaba creando allí, en sus corazones o en el mío. Después cogí la maleta y casi salí corriendo, sin pensar en nada, sin mirar atrás, directa a la estación de autobuses, a coger el que más lejos me llevase, el que más tiempo me diese, el que me alejase de esa pesadilla en la que sin comerlo ni beberlo me había metido.
Sí, estaba huyendo, y quizá penséis que fui una cobarde, pero… el cementerio está lleno de valientes, sobretodo de personas con el corazón valiente y las ganas de serlo. Yo no soy así, soy simple, soy cobarde, soy idiota y una atrapa-problemas. Hay veces que aunque parezca cobarde, huir es la mejor opción para todo el mundo. Alex. Alex estaría bien, era fuerte, era un lobo, era… Alex. Otra lágrima resbaló. Que estupidez, parecía que mis sentimientos eran proporcionales a todas sus mentiras, y había demasiadas. Me agarré el pecho con la mano libre y apreté, como si así consiguiese domarlo o hacer que no sintiese nada. Alejarse a veces es lo mejor, solo hacía dos meses, maldita sea, no puede ser tan difícil. Hay cosas que se olvidan con la misma facilidad con la que se quisieron. Otras, en cambio, tardas toda una vida en conseguirlo, y ni con esas lo llegas a hacer del todo. Una vocecilla me gritaba que Alex pertenecía a estás últimas, pero sonreí y la quité de en medio. No, superaría lo de Alex, igual que superaría todas las demás jodidas cosas que me habían pasado en tan poco tiempo. Alguien debía estar poniéndome a prueba, y pensaba superarla, por las buenas o por las malas.
De pronto ya estaba frente a la estación, con una maleta llena y un corazón aún más lleno, o más vacío, o con más ganas de que se vaciase… tomé aire varias veces, como si en él fuese a encontrar lo que necesitaba en ese momento, cerré los ojos allí parada, detuve el tiempo un instante, aunque solo se detuviese para mi. Lo tomé con calma, sonreí, me recompuse, volví a sonreír y me reconstruí el corazón, a salvo, guardado, sin nada, vacío.
Alguien me agarró y tiró, con más fuerza de la debida o peor aún, con más fuerza de la que yo hubiese podido zafarme. Abrí los ojos sin ver nada, pues alguien me los tapaba y me llevaba a sabe dios donde. Escuché la puerta de un coche abrirse, y luego abrirse otra y volverse a cerrar, y otra más lejos abrirse y cerrarse, y a mi me empujaron dentro, y caí en un asiento de coche, con el sonido de una puerta cerrarse tras de mi, y con mi maleta en el asiento trasero. Y un ruido, el de cuando se echan los pestillos, y se cierra el coche, y ya no se puede salir hasta que el conductor quiera. Y de pronto, me encontré con el conductor. Con él, con Alex. Me enfadé, chillé, pataleé, le pegué al cristal de la puerta, lo bajé, chillé más y él lo volvió a subir.
-Déjame bajar, tengo que irme.
-Te vas.
-El autobús se irá sin mi.-le chillé, esta vez pegándole a él, a la espera de que fuese más productivo que la ventanilla.
-No irás en autobús.-y me miró, serio, y después, divertido.
-Déjame bajar, Alex.-le repetí, seria, enfadada, furiosa. Él me volvió a mirar.-después bajó un poco su ventanilla.-Ya nos veremos, Pablo, gracias por todo.
Pablo estaba allí, de pie rascándose la nuca, no parecía muy orgulloso de lo que había hecho, me abalancé sobre la ventanilla de Alex, pasando sobre él.
-Te voy a matar, quiero que lo sepas y que estés preparado. Voy a acabar contigo de una forma lenta, pero sobre todo, dolorosa, te arrepentirás de esto el resto de tu vida.-y me senté en mi sitio.
-¿Y a mi no me dices nada?-me crucé de brazos, mientras Alex arrancaba.-Ponte el cinturón.-muy a mi pesar lo hice, pero seguí sin hablar. Sí, eran más fuertes, habían ganado, pero solo esta vez, no dejaría que repitiesen.-Ya veo, guerra de silencio, ¿eh? Mucho mejor. Verás, te voy a explicar una cosa. No te vas a montar en ese autobús, te vas sí, pero yo me voy contigo, te llevaré a donde me pidas y no pediré ninguna explicación, solo te haré caso y de propina, te proporcionaré yo algunas explicaciones.
-Más mentiras.
-No, nada de mentiras. Responderé a todo lo que me preguntes, te contaré todo lo que sé y lo que sé que tú quieres saber. De seguro será mucho más entretenido que ir en autobús.-me miró, apartando los ojos un segundo de la carretera para ver como me lo tomaba, pero yo no reflejé ninguna emoción.- ¿Qué te parece el trato?
-Te voy a denunciar. Esto se llama secuestro.
-Estoy bien, ya ni siquiera estoy herida.-pero volví a caer en la cama, muy a mi pesar. Lo miré muy seria, quería que supiese que yo sabía que me estaba mintiendo. No era justo, yo estaba intentando ser sincera.
-Pero es mejor que sigas aquí. Estás a salvo.
-En casa estaré mejor.-y esta vez conseguí levantarme, pero supe que era porque él me había dejado. Me senté y lo miré muy seria.-Alex.
-Dime.
-No me gustan.
-¿El qué?-me miró sin entender.
-Las mentiras.-y dicho esto me levanté, tambaleándome un poco pero sin perder mi dignidad, y anduve hasta donde supuse estaría la puerta de la calle. La localicé pronto, estaba frente a las escaleras que acababa de bajar. La fui a abrir.
-¿Dónde se supone que vas?-escuché a mi espalda, no era Alex, sino Pablo. De pronto recordé que estaba en su casa.
-Me voy a casa.-le dije, completamente convencida. Max estaba a su lado y me miraba serio.
-Quédate aquí, Dafne, por favor, aunque sea solo un rato.
-Un rato no va a ayudar nada.-le contesté.-El abuelo debe estar preocupado.
-Estará mucho más preocupado si consigues que te maten.-lo miré con una mala mueca.
-¿Quién querría matarme?-sonreí, nerviosa recordando al lobo de la otro noche.
-Como si no lo supieras.-contestó Pablo. Vi como Alex aparecía en lo alto de las escaleras.
-Parece que todos sabéis mucho, pero yo no sé nada. Todo lo que sé son suposiciones mías, basadas en qué sé yo, que nadie me confirma.-moví la cabeza de un lado a otro.-No voy a haceros caso, ¿hay algo ahí que quiere matarme? Estupendo, a ver quien puede más.
Y salí de esa casa. Huí de ellos, porque me mentían, me hacían daño a sabiendas de que yo lo sabía, como si fuese una niña que no entendería nada, como si pudiesen protegerme sin explicaciones. No, no, yo necesito algo más que eso. Necesito respuestas y nadie parece dispuesto a dármelas.
Entré en casa, era temprano aún y el abuelo tal vez estuviese durmiendo, por eso intenté no hacer mucho ruido.
-¿Dafne?-escuché, venía del salón. Me acerqué allí, a tiempo de ver al abuelo levantándose del sillón.-Me tenías preocupado.
-Lo siento.-respondí simplemente, mirándolo muy seria.
-La próxima vez que te quedes en casa de una amiga, avisa un poco antes, cuando escuché el teléfono a esa hora pensé que te habría pasado algo.-le sonreí.
-Lo siento.-repetí.-No volverá a pasar.
Me giré, necesitaba un momento de soledad, de esos en los que se llora sin saber muy bien porqué.
-Por cierto…-me giré y lo miré de nuevo.
-Felicidades Dafne.-me sonrió y su cara se llenó de arrugas, muchas más de las que normalmente tenía. Abrí los ojos perpleja. ¿Felicidades? ¿Felicidades? ¿Cómo se me podía haber olvidado mi propio cumpleaños? Tragué saliva y miré al abuelo, tratando de parecer feliz.
-Gracias, abuelo.
Y subí las escaleras y me eché sobre la cama, bocabajo, casi sin poder respirar. Era mi cumpleaños y nadie lo sabía, ni siquiera yo. Estos últimos meses habían sido mucho más cuesta arriba de lo que a mi misma me había parecido. Me giré y me quedé mirando el techo. Bien, tenía 18 años. Una idea ligera, alocada, cruzó por mi cabeza un instante antes de perderse entre las demás, pero seguía brillando, allí, en su rincón.
Al día siguiente decidí que en algún momento de mi vida tendría que hacer una locura, y no se me ocurría ningún momento mejor que aquel. Bajé los escalones de dos en dos, y encontré al abuelo y a Christian en la cocina. Les sonreí. Me sentía mayor, libre, legalmente capaz de hacer todo cuanto antes no se me estaba permitido.
-Buenos días.-los dos me miraron.
-Estás muy animada hoy.-comentó el abuelo. Sí, tal vez lo estaba, supongo que tomar decisiones te relaja, lo difícil es decidir, pero una vez conseguido, todo se vuelve mucho más sencillo, y normalmente, las cosas sencillas hacen feliz a la gente.
-Abuelo…-me puse seria de repente.-tengo algo que decirte, algo muy importante para mi.
-Dime.-el abuelo se sentó, a la espera de eso tan importante, lo vi llevarse las manos a la cabeza y me reí, parecía que supiese por donde iban los tiros.
-Quiero irme de aquí.-me miró, muy serio, casi triste, por un segundo lo pensé mejor, luego me acordé de la cantidad de problemas que parecía traerle mi presencia al pueblo.
-¿Y dónde quieres irte?
-Qué sé yo… Lejos, a un sitio donde nadie puede encontrarme por mucho que busquen, donde nadie me conozca y pueda empezar completamente de cero… no creas que te estoy pidiendo dinero, o peor aún, permiso.-aquello me sonó idiota y estúpido hasta a mi, pero era así, no le pedía permiso, me limitaba a explicarle cuales eran mis intenciones.-Cogeré un tren o un autobús y me pararé en el último lugar que pueda. Tengo algún dinero ahorrado y también algo de la herencia de mis padres… podré sobrevivir más tiempo del que necesito y eso que necesito bastante.
-¿Y esa decisión tan repentina?-me encogí de hombros.
-Necesito un poco de acción en mi vida, supongo… este pueblo es excesivamente tranquilo, si sigo aquí moriré de aburrimiento.-JÁ JÁ muy tranquilo, con hombres lobo y seres extraños, como Pablo, que sabe demasiado, o como Max, que es un fantasma. Pero decidí que eso era demasiado para el abuelo, que no tenía porque saberlo todo.
-¿Y no hay nada que hacer para pararte? ¿Para que te quedes?-negué con la cabeza y él miró a Christian. Oh, no no, nada de chantaje emocional.
-Estará bien, él es una chico fuerte.-le sonreí y movió la cabeza de un lado a otro. Sí, había ganado, supe que el abuelo sabía que había otros motivos, pero no preguntó. Él abuelo era así, era fácil quererle.-Pues…-di un par de pasos hacia atrás, saliendo de la cocina.-A organizarlo todo un poco.
Sí, las decisiones se toman pensando en uno mismo, por mucho que eso se niegue. Yo necesitaba largarme de ese sitio que me acabaría volviendo loca, observé a Max, desde que había descubierto un aliado nuevo en Pablo, que podía verlo y ayudarlo, pasaba poco tiempo en casa, y cuando estaba, yo me sentía extrañamente vigilada.
-No puedes irte.-a veces Max suena preocupado, otras, como esta, suena autoritario.
-Claro que puedo, y lo voy a hacer.-cogí la maleta que guardaba debajo de la cama y me encontré medio llena, de cuando llegué aquí. Sonreí, desde el primer momento supe que no duraría mucho en este sitio.
-No puedes. Es peligroso.
-Lo peligroso es quedarse en este pueblucho.-le miré seria y después sonreí.-Te irá mucho mejor sin mi, Pablo te ayudará mejor que yo, él sabe tu historia.-porque la sabía, él sí y yo no, una punzada de celos me atravesó el pecho. Yo lo había intentado ayudar desde el principio, pero a mi nunca me lo contó, en cambio, Pablo sí sabía como había muerto Max.
-Si lo que quieres es que te lo cuente lo haré.-aunque la curiosidad es una mala aliada a veces, esta vez se comportó, se quedó en su rincón, saltando un poco pero sin molestar. Ya no me importaba, soy de esas que cuando toman una decisión, no cambian fácilmente de parecer, ni aun con promesas de que le cuenten aquello que se moría por saber. Decidí que ya no me importaba, que lo que demonios pasase en ese pueblo se quedaría en ese pueblo, que no me iba a llevar más historias en la maleta, suficiente había con las muchas que ya levaba.
-No es necesario. Disculpa, pero ya he decidido que no me importa. Es tu historia, no la mía. He elegido ser egoísta por una jodida vez en mi vida.-le contesté, harta de que todo el mundo me cargase con sus problemas, como si yo no tuviese suficientes con los míos.
-Dafne…
-Ya tienes a la abuela, no me echarás en falta.
-¿Y crees que a Alex le bastará con tu abuela?-me encogí de hombros mientras una oleada de furia recorría mi cuerpo.
-Ni lo sé ni me importa. Alex también tiene su propia historia de lobos que no son lobos o que no admiten serlo, de secretos que no son para compartir ni conmigo. Si me voy le ahorraré problemas, le ahorraré mentiras, dolores de cabeza, peleas con lobos más grandes… en fin, preocupaciones.
-A veces, eres absolutamente ridícula.-alguien se había deslizado a través de la ventana del balcón, abierta de par en par.-Mucho más que ridícula.
Levanté los ojos y lo miré. Y por otro instante se me olvidó que estaba enfada con él. Me moví al armario y cogí algunas camisetas, llevándolas hasta la maleta.
-Tenías razón, debería de haber cortado ese árbol.-murmuré.
-Hubiese escuchado la conversación de todas formas.
-Eso no es educado, aunque no sé porque me extraño, las personas educadas no mienten.-le dije.
-Max, déjanos solos, por favor.-aún escuchándolo tan claramente, tuve que levantar los ojos para ver como Alex miraba a Max y éste a él. Abrí los ojos y la boca. Otra prueba más, otra mentira, otra desilusión, otro motivo para largarme de allí. Aún me quedaban muchas cosas en el armario, decidí que ya le diría al abuelo que me las enviase, cerré con fuerza y rapidez la maleta y salí del cuarto, casi a la carrera. Me planté en el umbral de la puerta de la cocina y miré seria al abuelo, tenía poco tiempo, me interceptaría a la salida.
-Abuelo, me voy.
-Está bien, no vuelvas tard…-pero entonces vio mi maleta y supo que no me refería a que fuese a dar una vuelta, me refería a irme, a dejarlo todo, a empezar de cero con una maleta llena de ropa pero vacía de recuerdos.-Creí que… tardarías más en irte.
-Yo también lo creí. Pero cada vez aguanto menos este sitio.-y le sonreí mientras una traicionera y solitaria lágrima resbalaba por mi mejilla. Me acerqué a él, lenta, decidida, triste de alguna forma.-Te echaré de menos abuelo…-y lo abracé, rápida, fría, llorosa… me separé tan pronto que se quedó allí parado, como si siguiese abrazándolo. Me acerqué a Christian, que miraba sin entender mucho.
-¿Tú también te vas?-al parecer sí que entendía. Más de lo que quisiera. Asentí.-Todo el mundo se va, nadie se queda conmigo.
Me agaché y me puse a su altura.
-Tendrás que cuidar al abuelo, ¿lo harás? Y vendré a verte tantas veces que serás tú quien me acabe echando de aquí.
Y lo abracé con más fuerza y con más ganas que al abuelo, despidiéndome así de lo único que me quedaba de papá y mamá. Me volví a donde había dejado la maleta.
-Adiós.-dije simplemente, como si esa palabra pudiese llenar el vacío que estaba creando allí, en sus corazones o en el mío. Después cogí la maleta y casi salí corriendo, sin pensar en nada, sin mirar atrás, directa a la estación de autobuses, a coger el que más lejos me llevase, el que más tiempo me diese, el que me alejase de esa pesadilla en la que sin comerlo ni beberlo me había metido.
Sí, estaba huyendo, y quizá penséis que fui una cobarde, pero… el cementerio está lleno de valientes, sobretodo de personas con el corazón valiente y las ganas de serlo. Yo no soy así, soy simple, soy cobarde, soy idiota y una atrapa-problemas. Hay veces que aunque parezca cobarde, huir es la mejor opción para todo el mundo. Alex. Alex estaría bien, era fuerte, era un lobo, era… Alex. Otra lágrima resbaló. Que estupidez, parecía que mis sentimientos eran proporcionales a todas sus mentiras, y había demasiadas. Me agarré el pecho con la mano libre y apreté, como si así consiguiese domarlo o hacer que no sintiese nada. Alejarse a veces es lo mejor, solo hacía dos meses, maldita sea, no puede ser tan difícil. Hay cosas que se olvidan con la misma facilidad con la que se quisieron. Otras, en cambio, tardas toda una vida en conseguirlo, y ni con esas lo llegas a hacer del todo. Una vocecilla me gritaba que Alex pertenecía a estás últimas, pero sonreí y la quité de en medio. No, superaría lo de Alex, igual que superaría todas las demás jodidas cosas que me habían pasado en tan poco tiempo. Alguien debía estar poniéndome a prueba, y pensaba superarla, por las buenas o por las malas.
De pronto ya estaba frente a la estación, con una maleta llena y un corazón aún más lleno, o más vacío, o con más ganas de que se vaciase… tomé aire varias veces, como si en él fuese a encontrar lo que necesitaba en ese momento, cerré los ojos allí parada, detuve el tiempo un instante, aunque solo se detuviese para mi. Lo tomé con calma, sonreí, me recompuse, volví a sonreír y me reconstruí el corazón, a salvo, guardado, sin nada, vacío.
Alguien me agarró y tiró, con más fuerza de la debida o peor aún, con más fuerza de la que yo hubiese podido zafarme. Abrí los ojos sin ver nada, pues alguien me los tapaba y me llevaba a sabe dios donde. Escuché la puerta de un coche abrirse, y luego abrirse otra y volverse a cerrar, y otra más lejos abrirse y cerrarse, y a mi me empujaron dentro, y caí en un asiento de coche, con el sonido de una puerta cerrarse tras de mi, y con mi maleta en el asiento trasero. Y un ruido, el de cuando se echan los pestillos, y se cierra el coche, y ya no se puede salir hasta que el conductor quiera. Y de pronto, me encontré con el conductor. Con él, con Alex. Me enfadé, chillé, pataleé, le pegué al cristal de la puerta, lo bajé, chillé más y él lo volvió a subir.
-Déjame bajar, tengo que irme.
-Te vas.
-El autobús se irá sin mi.-le chillé, esta vez pegándole a él, a la espera de que fuese más productivo que la ventanilla.
-No irás en autobús.-y me miró, serio, y después, divertido.
-Déjame bajar, Alex.-le repetí, seria, enfadada, furiosa. Él me volvió a mirar.-después bajó un poco su ventanilla.-Ya nos veremos, Pablo, gracias por todo.
Pablo estaba allí, de pie rascándose la nuca, no parecía muy orgulloso de lo que había hecho, me abalancé sobre la ventanilla de Alex, pasando sobre él.
-Te voy a matar, quiero que lo sepas y que estés preparado. Voy a acabar contigo de una forma lenta, pero sobre todo, dolorosa, te arrepentirás de esto el resto de tu vida.-y me senté en mi sitio.
-¿Y a mi no me dices nada?-me crucé de brazos, mientras Alex arrancaba.-Ponte el cinturón.-muy a mi pesar lo hice, pero seguí sin hablar. Sí, eran más fuertes, habían ganado, pero solo esta vez, no dejaría que repitiesen.-Ya veo, guerra de silencio, ¿eh? Mucho mejor. Verás, te voy a explicar una cosa. No te vas a montar en ese autobús, te vas sí, pero yo me voy contigo, te llevaré a donde me pidas y no pediré ninguna explicación, solo te haré caso y de propina, te proporcionaré yo algunas explicaciones.
-Más mentiras.
-No, nada de mentiras. Responderé a todo lo que me preguntes, te contaré todo lo que sé y lo que sé que tú quieres saber. De seguro será mucho más entretenido que ir en autobús.-me miró, apartando los ojos un segundo de la carretera para ver como me lo tomaba, pero yo no reflejé ninguna emoción.- ¿Qué te parece el trato?
-Te voy a denunciar. Esto se llama secuestro.
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